EMMA.
—¿Recuerdas aquel contrato que rechazamos el viernes? —parpadeé varias veces después de que él me soltó la boca, y que incluso un ardor hizo que lamiera mis labios por la fuerza de su beso.
Este hombre era de acero. Acabamos de literalmente tener sexo desenfrenado en el escritorio de su secretaria, y ahora me estaba hablando de trabajo.
Lo vi como tiró el preservativo en el bote de basura, y se ajustó sus pantalones. Cerró su camisa, y luego me miró esperando una respuesta.
Me bajé de la