La carta de Alexander llegó a manos de la Duquesa Emily en una tarde tranquila, mientras las sombras del ocaso comenzaban a extenderse por la mansión de los Richmond.
Con manos temblorosas, Emily rompió el sello y desplegó el papel, su corazón latiendo con fuerza al leer las palabras escritas con tanto cuidado y propósito. Con cada línea, su incredulidad crecía.
Edward, su amado, estaba vivo. Las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas, mezcla de alegría y desesperación. La noticia er