EL día del entierro amaneció cargado de oscuras nubes de tormenta y Sophie, que caminaba a la caballería sobre la grupa de Max, temió que fuese un mal presagio.
Max había sido su caballo desde la adolescencia, su favorito, pero estaba demasiado débil como para montarlo. Era un preciosos animal muy grande, pero obediente y dulce. Y aquel día estaba triste.
–Sabe que ocurre algo –le dijo Renzo uno de los mozos–. Los animales saben esas cosas.
–Sí, yo también lo creo –murmuró ella.
El hombre t