La mañana siguiente a la visita de medianoche de Mia me golpeó como un tren de carga de arrepentimiento y hambre pura.
La luz del sol se filtraba por las persianas, convirtiendo mi habitación en un resplandor brumoso, pero mis sábanas aún estaban pegajosas por lo de anoche... sus jugos, mi semen, la evidencia de nuestro sucio secreto enredada en la tela.
Me quedé allí tumbado, mirando al techo, con la polla ya agitándose ante el recuerdo de sus labios envolviéndome, tragándose cada gota mientra