Mi corazón golpeaba contra mis costillas como un animal enjaulado, la voz de Horace cortando la bruma de la lujuria como un cuchillo frío.
—¿Kim? ¿Estás ahí arriba? —Los pasos crujieron en las escaleras, acercándose, y el pánico se retorció en mis entrañas. Pero el cuerpo de Brenda seguía pegado al mío, su coño caliente y resbaladizo contra mi muslo, su respiración agitada en mi oído. Sus ojos se clavaron en los míos, salvajes e implacables, con un desafío brillando en ellos.
—Dile que se vaya