Pasaron unos minutos más antes de que él dejara de atormentarla allí abajo y se trasladara al sofá. Se sentó allí y le hizo un gesto con la mano para que trajera su trasero hacia él.
Con piernas temblorosas, ella se acercó a él y se puso a horcajadas sobre su cuerpo mientras él permanecía sentado en el sofá.
—Papi, voy a subirme ahora. ¿Estás feliz? —preguntó ella, contorneando las caderas mientras frotaba la hendidura de sus nalgas contra el pene erecto de él para masajearlo.
Luego, introdujo