Maya miró la foto en su teléfono. El coche de Marcus estacionado fuera del hospital. Una bomba atada debajo. El temporizador marcaba cuarenta y siete segundos.
“Corre,” dijo.
Marcus miró la pantalla. Su rostro se endureció. Agarró su brazo y la jaló hacia la puerta.
“¡Saquen a Leo!” gritó al doctor.
El doctor y las enfermeras se movieron rápido. Desconectaron las máquinas y levantaron a Leo en una camilla. Maya ayudó a empujar la cama por el pasillo. Su corazón latía tan fuerte que podía oírlo