La humareda se extendió por el almacén en cuestión de segundos, irritando los ojos y haciendo que respirar se volviera casi imposible.
—¡Stephanelle! —gritó Ben.
Ella tosió, con los ojos llorosos, y enseguida buscó a su padre.
—¡Papá!
—¡Estoy aquí!
La voz de Stephen llegaba desde unos metros más adelante.
Ben la tomó del brazo.
—¡Vamos, tenemos que salir!
La llevó hacia la salida mientras sus hermanos se quedaban atrás para vigilar el lugar.
Una vez afuera, Stephanelle respiró profundamente. El