¡Oh Dios mío! ¡Mis pastillas! No podía dejar de hiperventilar, no podía dejar de temblar. Él m-me... me dijo que no las había visto, me dijo que no sabía dónde estaban. ¡Me mintió, joder, me volvió a mentir!
“Cariño, ¿qué te está reteniendo tanto? Te juro que pensé que se me rompería el cuello.” Oí su voz suave de siempre colándose en la habitación, inmovilizándose de golpe cuando vio el pequeño frasco en mi mano.
“¿Qué es esto?” pregunté, con la voz fría y distante.
“Robin—” Su semblante estab