—Bien, voy para allá.
—Sí, yo también.
Agarré mis cosas y, con el corazón acelerado, salí presurosa de la oficina.
Pensé que llegaría primero, pero al entrar al jardín de la azotea vi que Lucas ya estaba sentado.
Era imposible no notarlo, donde fuera siempre destacaba como la presencia más brillante.
Era una tarde de otoño con una luz perfecta, cálida y resplandeciente.
Se había quitado la chaqueta dejándola a un lado y vestía solo una camisa blanca con las mangas dobladas, mostrando sus antebra