Aún no había terminado, cuando Rosa me llamó.
— María, la señora Gómez quiere verte.
— No le hagas caso —respondí con indiferencia—. Dile que hoy estoy ocupada, que no iré a la oficina y que se vaya.
— Pero no quiere irse, está sentada en tu oficina. ¿Puedo hacer que los guardias la saquen?
— No es necesario, que se quede sentada.
Temía que los guardias no fueran rival para Carmen y que, de intentar sacarla, se armara un escándalo que afectara el funcionamiento normal de la empresa.
— Bueno... —