—Ara —mi voz salió suave.
Sosteniendo suavemente su frágil mano, le di besos plumosos en la mano. Su mano estaba fría cuando la sostuve entre mis manos y traté de calentarla.
Al tocar su mejilla me di cuenta de que estaba helada. Comprobé su pulso y frecuencia cardíaca. Todo parecía estar bien.
—Bebé —susurré, acariciando su mejilla y no obtuve respuesta. Cuanto más la llamaba y cada vez que ella no respondía, sentía que mi corazón se contraía de dolor—. Despierta, Ara. Por favor. Para mí de