Sentí que el calor subía a mi rostro y entre mis piernas mientras sus ojos recorrían cada centímetro de mí. Desde mis pechos llenos hasta la suave curva de mi cintura y la piel tersa entre mis muslos.
Sus ojos solos eran suficientes para derretir las defensas de cualquier mujer.
—Siéntate —inclinó la cabeza hacia el sofá frente a él.
Lo miré antes de cruzar la habitación y bajar sobre el cojín.
—Mastúrbate mientras miro.
Me conocía a mí misma. Debería haber rechazado, debería haberle dicho que e