MARIO
Fruncí el ceño mientras observaba cómo el taxi de Bárbara desaparecía más allá de las puertas de mi mansión. Desde el momento en que se fue, ya sabía que no me había dicho toda la verdad. Amo a mi hija más que a nada en este mundo, pero también la conozco mejor de lo que ella cree.
Bárbara nunca ha sido buena mintiendo.
En cuanto me dijo que iba a visitar a una amiga, supe que algo estaba mal.
Porque hasta donde yo sabía, Bárbara no tenía ninguna amiga cercana a la que de repente quisiera