CAPITULO DIECIOCHO
Milo
Nadie había hablado desde que entramos a la casa y sentado en los suaves sillones con sus almohadas adornadas con los tejidos que mi madre había echo.
Incluso Lilia quien tendía a ser inquieta y revoloteaba cuál inquieta avesilla por todas partes se mantenía firmemente tensa en su lugar, sentada derecha en su asiento mirando fijamente sus tiernas manos.
Soda era otra cosa aparte, se mantenía con sus brazos cruzados mirando fijamente a nuestros padres como alentandolos a