Los pasos de Vickie eran tranquilos pero firmes. Fue como si un mazo le hubiera rozado suavemente el corazón. No dolía, pero se podía sentir su dolor y miseria.
Justo cuando el dobladillo del vestido de la mujer desapareció del umbral, la puerta del estudio se abrió silenciosamente. Con la taza en la mano, Gregory arqueó las cejas cuando la puerta de su habitación se cerró con un ruido sordo.
En ese momento, el tono burlón de un hombre se escuchó a través del auricular de Gregory.
“Jefe, ¿por