Me toma del trasero para que enrolle las piernas en su cintura, con fuerza lo hago, camina conmigo acostándome en la cama, sin ningún cuidado arranca las tangas de mi cuerpo ocasionándome un ardo.
—¡¿Qué te pasa?!, ¡eso me dolió! –Rueda los ojos con aburrimiento.
—Deja de quejarte tanto y abre las piernas —gruñendo hago lo que me dice.
—Podrías ser más delicado —ríe acariciando mi vagina.
—No soy un puto peluche para serlo, soy un asesino.
Jadeo, cuando siento sus dedos en mí, esa vez no es uno