Capítulo treinta y cuatro.

Miré incrédula a Abraham, quien se dedicaba a observarme de arriba a abajo con cierto desdén, alcé una ceja, inquisitiva, y me levanté, encarándolo. Claro que tuve que echar la cabeza hacia atrás debido a que había crecido como tres cabezas desde la última vez que lo vi.

— ¿Cómo es posible?

—En nuestro mundo todo es posible. —Se limitó a responder antes de tomarme con fuerza por

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