Mundo ficciónIniciar sesión"Puede que no tenga el título de princesa, pero eso no significa que no pueda actuar como una, idiotas."
La reunión estaba organizada en honor a ella. Fue presentada a todos los miembros importantes de la familia. La mayoría la miraban como si fuera una delicada muñeca de porcelana. "Perfecto," pensó, "que crean eso."
En el jardín, varios niños jugaban. Alessia, manteniendo su personaje dulce y angelical, se unió a ellos, tomándoles de las manos. Aunque los niños la sacaban de quicio, sonrió como si disfrutara el momento. Los adultos la observaban con ojos brillosos y sonrisas conmovidas.
Pavel la observaba desde la terraza. Estaba jugando con los niños, bailando entre risas, y su imagen parecía sacada de un cuento.
Aden y Rafael la contemplaban también, visiblemente impresionados.
—Quiero advertirles que saquen a esos niños de ahí antes de que conozcan a la verdadera Alessia —murmuró Pavel, cruzado de brazos.
—¿Tu prometida es así…? —comenzó a decir Rafael.
—Termina esa frase y juro que te mato —lo interrumpió Pavel.
Ambos soltaron carcajadas.
—Dejen de mirarla así o se lo contaré a Kat y Eve —bromeó Pavel.
Pavel cerró los ojos con resignación.
"Dios, dame paciencia para soportar a esta mujer..."
….
—Papá, ¿por qué vamos a hacer una boda en medio del desierto? —preguntó Alessia, perpleja, apenas despertó y le informaron que la ubicación había cambiado.
—Alessia, Pavel quiere que la boda se celebre en una zona desértica —explicó su padre con resignación.
—¿Qué clase de loco hace una boda en el desierto?
Sin perder tiempo, fue a encarar a Pavel.
—¿Y ahora por qué demonios cambiaste el lugar de la boda al maldito desierto?
Pavel, que estaba observándola con detenimiento, dejó que su mirada recorriera lentamente su figura, desde sus piernas hasta su rostro. Había una chispa lasciva en sus ojos que hizo que Alessia retrocediera mentalmente.
Prefería que la ignorara. Todo en torno al cuerpo y a la intimidad la aterraba. Sabía lo que se esperaba de ella la noche de bodas, y eso la ponía al borde del pánico.
Pavel se acercó, deteniéndose a escasos centímetros de su rostro.
—No puedo besarte si me miras con tanto miedo. Esa cara no te queda —dijo con voz grave.
—Entonces debería darte esta cara en nuestra noche de bodas —replicó ella, sarcástica.
—Quizá te tome por detrás, así no tendré que verla —respondió él, con una sonrisa burlona.
—¡Pervertido! —espetó Alessia, mientras él reía abiertamente.
—Ahora dime, ¿por qué diablos cambiaste el lugar de la boda al desierto?
Pavel susurró cerca de su oído, con voz ronca y peligrosa:
—Siento que nuestra primera noche debería ser en el campamento del desierto. Donde no haya nadie. Solo tú, yo… y el desierto. Te llevaré al aire libre, y el desierto será testigo de nuestra consumación.
Mientras hablaba, sus labios rozaron el lóbulo de su oreja y lo atraparon entre sus dientes, provocando que Alessia contuviera el aliento, con el corazón golpeándole el pecho.
Las sensaciones recorrieron su cuerpo como electricidad. De inmediato, se apartó bruscamente. Aún no se sentía preparada para esa boda en medio del desierto… y mucho menos para la humillante ceremonia de las sábanas.
Él la observó, divertido, con esa sonrisa burlona que tanto odiaba y tanto la desquiciaba.
—¿Tienes miedo, muñeca?
Alessia no respondió. Se limitó a girar sobre sus talones y salir de la habitación. Pero cuando lo hizo, aún escuchó su voz, cargada de malicia:
—No puedo esperar, esposa…
—Vete a la m****a —murmuró con rabia contenida, sin darse vuelta. A sus espaldas, la risa de Pavel resonó como una provocación.
La Cena
A la noche siguiente, la familia Beranov fue invitada a cenar en casa de los Bianchi. Alessia eligió un vestido negro ajustado que delineaba cada una de sus curvas con descarada perfección. Lo hizo por despecho. Por desafío. O quizá solo por él… aunque jamás lo admitiría.
Estaban en la puerta cuando Pavel la vio. Sus ojos recorrieron lentamente su figura, deteniéndose sin pudor.
Alessia cruzó los brazos sobre el pecho con nerviosismo, intentando cubrirse, y apartó la mirada.
Pavel nunca había visto una mujer más hermosa. Alessia era la imagen viva de la perfección: su melena castaña oscura caía en ondas sobre su espalda, su piel aceitunada brillaba bajo la luz cálida, y sus ojos avellana parecían esconder secretos. Su figura, de curvas pronunciadas y sensuales, lo tenía al borde de la locura. El vestido negro le quedaba tan ajustado que era una tortura. Quería sentir esa piel contra la suya. Quería esos labios… y no solo para besarlos.
Se rió en silencio cuando notó cómo ella intentaba cubrir su escote. Como si eso pudiera salvarla de él.
El padre de Alessia los condujo hasta el comedor. Alessia quería sentarse lo más lejos posible de Pavel, pero fue inútil. Él le sacó la silla con una cortesía exagerada y, cuando se inclinó para ayudarla a sentarse, rozó su espalda baja con los dedos. Un jadeo tembloroso escapó de sus labios, y se sentó de inmediato, evitando mirarlo.
Durante la cena, todos conversaban y reían. Todos, excepto su padre, que la observaba con atención. Entonces, Alessia se volvió hacia Pavel y, con su mejor sonrisa dulce, preguntó:
—¿Qué te gustaría probar?
Él se sorprendió por un segundo, pero enseguida respondió. Alessia le sirvió con manos ligeramente temblorosas, sonrojada, fingiendo naturalidad. Su padre suspiró, desviando la mirada.
—Has empezado a desempeñar el papel de buena esposa incluso antes del matrimonio. Estoy impresionado —se burló Pavel, sin perder la oportunidad de provocarla.
Ella apretó los dientes.
—No te impresiones tanto, esposo… o voy a tener que mandarte a disparar otra vez —le respondió con voz baja y venenosa, mientras su mente repetía como un mantra: No lo mates, Alessia. Control. Tu padre está mirando.
Él sonrió. Esa sonrisa que la hervía por dentro.
Más tarde…
Después de la cena, Alessia se retiró a su habitación. Estaba por cambiarse cuando un golpe seco en la puerta la hizo saltar. Miró el reloj. Era tarde.
Abrió lentamente y allí estaba él.
—¿Ahora qué necesitas, Pavel? —preguntó con el ceño fruncido.
—Bueno… necesito muchas cosas de mi esposa —dijo con tono cargado de doble intención—, pero por ahora solo quiero hablar contigo. ¿Me vas a dejar entrar?
Ella dudó, pero finalmente dio un paso atrás.
Él cruzó el umbral. Su presencia la envolvía, densa, peligrosa. Alessia sintió cómo su pulso se aceleraba.
—¿Has empezado a tomar las píldoras anticonceptivas? —preguntó de golpe, directo al blanco.
—¿Qué… qué pastillas? —balbuceó ella, sus ojos moviéndose inquietos hacia la cama. Aquello era un maldito recordatorio de lo que se avecinaba.
—¿Sabes lo que ocurre entre un hombre y una mujer en su noche de bodas, verdad? —dijo con una sonrisa ladina—. Deberías haber empezado a tomar las pastillas. Necesitan tiempo para hacer efecto.
El color se esfumó de su rostro.
—No tomaré ninguna pastilla.
—Entonces usaré un condón. Pero de cualquier forma, en nuestra noche de bodas… vas a ser mía.
Alessia sintió que iba a tener una crisis nerviosa en cualquier momento.







