Aunque el niño era muy delgado, hasta el punto de parecer piel sobre huesos, sus rasgos eran sumamente delicados. Sus ojos eran grandes y oscuros, pero no mostraban la inocencia característica de un niño, tenían un aire de vacío.
Sin embargo, eso le daba un atractivo singular.
La enfermera lo observó por un rato, sintiendo una casi irresistible necesidad de quedarse con él.
El niño, bajo su mirada constante, empezó a sentirse incómodo.
—¿No me lavé bien? Si es así, puedo volver a bañarme...
—No