La mano sobre mi boca estaba tan apretada que me costaba respirar.
No podía ver nada. El mundo no era más que una nube oscura y el rugido ensordecedor de los disparos resonando contra las paredes de mármol. Intenté gritar el nombre de Silas, pero la mano pesada y enguantada sobre mi boca se apretó más y más, cortándome el aire por completo.
—Silencio —siseó una voz directamente en mi oído.
No era Julian, ni tampoco uno de los hombres tácticos de Arthur Vance. La voz era áspera y tenía un tono f