PUNTO DE VISTA DE EMBER
—Me duele decirlo, pero te lo advertí —dice Rafael en voz baja—. Se ha ido y no volverá jamás.
No me muevo.
Tengo las rodillas hundidas en la nieve, las manos entumecidas, las lágrimas congeladas formando surcos en mis mejillas, y estoy tan fuera de lugar que ya no puedo responderle a Rafael Montenegro que bien podría estar hablando con las montañas.
Se agacha a mi lado.
El calor de su cuerpo envuelve el mío incluso a través del frío, y odio eso; odio que él esté cálido,