Jiang Sese regresó al estudio, sintiéndose abrumada todavía.
El niño realmente se había ido.
Cerró los ojos con una pizca de dolor en el rostro.
Contando los días, se dio cuenta de que en unos meses el niño habría nacido, pero ahora ya no estaba.
Las imágenes del incidente de aquel día se repetían en su mente como un disco rayado. Si hubiera extendido la mano antes, Jiang Nuannuan no habría sufrido la caída y su hijo seguiría a salvo.
Olas de culpa y autorreproche la inundaron en una fracc