Cuando Enza escuchó el sonido ronco en la voz del jeque, no pudo evitar sentir una emoción cercana a la alegría, ya que tenía la sensación de ser la única mujer que le hacía experimentar un deseo indescriptible. Sus labios contra los suyos se volvían cada vez más exigentes. Sujetó su rostro con ambas manos y continuó besándola implacablemente. Enza sintió que su corazón se aceleraba mientras una cálida excitación ya irradiaba desde su vientre inferior. Los labios imperiosos del jeque abandonaro