El resto de la cena pasó en un remolino de sensaciones contradictorias. Intenté sumergirme en la conversación con Adrian, aferrarme a esa paz y calidez que siempre me ofrecía, pero mi mente volvía constantemente a lo que había visto. Cada vez que mi mirada quería desviarse hacia el segundo piso, hacia esa cortina mal cerrada, me obligaba a concentrarme en el rostro de Adrian, en su sonrisa tranquila, en la suavidad de su voz. Pero aún así, el impacto de la escena de Xander seguía presente, como