Solté un jadeo agudo cuando él se salió de mí. El pulgar de Gerald se enganchó sobre mi clítoris hinchado, frotando en círculos pesados e implacables. Sentí que el aire abandonaba mis pulmones. Mi cuerpo era un cable de alta tensión, y cada toque enviaba una descarga de electricidad al rojo vivo directo a mi centro. Intenté escabullirme, sacudiendo mis caderas para encontrar algo de alivio a la creciente presión, pero su agarre en mis muslos era como el hierro.
—No —gruñó, con una voz que era u