Los perros de campo se sentaron junto a Aurora o la rodearon, moviendo la cola y sacando la lengua, mostrando una actitud amigable.
Clara les advirtió en voz baja: —Seguro que está en guardia, tengan cuidado.
En un abrir y cerrar de ojos, Emiliano abrió la puerta de madera. Debajo había una escalera de madera, sumida en la oscuridad, parecía ser un sótano.
Ambos descendieron con precaución por las escaleras y pronto llamaron a Clara desde abajo: —Doctora, encontramos al señorito Suriel, pero no