El hombre inclinó su cabeza y besó el cuello de la mujer. El espejo de pie reflejaba claramente la imagen de ambos entrelazados. La persona que era acogida era Luna.
En su rostro no había ni rastro de la elegancia y compostura que mostraba en público, ni tampoco la ternura y pasión que se desataba en los momentos íntimos. En cambio, tenía una expresión extremadamente fría mientras observaba al hombre que la sostenía.
La mente de Luna estaba llena del rostro aparentemente común de Clara. Aquella