Toc, toc, toc...
Recién después de que la criada golpeara la puerta, se escuchó el grito de Mónica desde adentro: —¡Ah! ¿Qué haces aquí?
Isolda pensó que Mónica estaba actuando, así que entró de inmediato con su séquito. —Mónica, ¿estás bien?
Cuando la puerta se abrió, Mónica cubrió su cuerpo con las sábanas y, con los ojos llenos de lágrimas, señaló al hombre que no debería estar allí. Su voz temblaba mientras decía: —Tú, tú... ¿cómo puedes estar aquí?
Eduardo era el único que no conocía la ver