Sotiria no pudo dar ni un paso más. Era como si sus pies estuvieran pegados al suelo. No supo cómo, pero cuando se dio cuenta, las palabras ya habían salido de sus labios. “¿Lo dices en serio, Señor Connor?”.
Zachary, de pie, alto y robusto, respondió: “Sí. Lo digo en serio”.
“No te entiendo…”.
Sotiria sintió como si tuviera un conejo en sus brazos.
“Yo sé cómo soy. No te gusto. ¡No! No hay forma de que pudiera gustarte. Probablemente te desagrado y me desprecies hasta la médula. ¿Cuánto odi