Aquellas perlas de sudor que se formaban en el vientre de Marianne eran, sin duda alguna, lo mejor que Gabriel Cross había probado en su vida. Escucharla gemir era increíble, pero oírla escalar un orgasmo, gritar y derretirse entre sus brazos ya era demasiado bueno. Marianne se aferraba a la alfomb
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