El viaje hacia la capital fue largo, pero cada kilómetro lo recorrimos con la certeza de que no dejábamos nada atrás, sino que llevábamos todo con nosotros: el amor, los recuerdos, el propósito. Elena y Mateo miraban por las ventanas, emocionados, señalando paisajes nuevos, preguntando por lo que encontraríamos al llegar. Ethan conducía con una expresión tranquila y decidida, y cada tanto buscaba mi mano para apretarla, como confirmándome que todo estaba bien, que estábamos juntos, que nada nos faltaba. —¿Estás segura de esto? —me preguntó en un momento, sin dejar de mirar el camino—. Podríamos habernos quedado tranquilos. Allí nos conocían, nos querían, todo era familiar. —Estoy segura —respondí sin dudar—. Porque no vamos a un lugar cualquiera. Vamos a llevar lo que construimos. Y mientras estemos juntos, cualquier lugar se vuelve nuestro. Lo sabes bien. Sonrió, y esa sonrisa me llenó el corazón. —Lo sé. Pero a veces me pregunto si merecemos tanta felicidad. Tú y yo, que empezamo
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