AURORA.El aire helado de Noruega nos recibió apenas la escotilla del avión privado se abrió hacia el paisaje blanco. La nieve caía en copas espesas y suaves, cubriendo las montañas y los pinos de la propiedad familiar como una alfombra de terciopelo. Sostuve a Christopher bien abrigado contra mi pecho, envuelto en su mameluco térmico y una manta de lana espesa que solo dejaba ver su nariz sonrosada y sus ojitos curiosos de cinco meses.Sebasten me rodeó los hombros, resguardándome del viento, mientras guía a mis padres, Carl y mi madre, quien venía maravillada mirando el horizonte infinito del norte.Al fondo de la pista privada, la imponente fortaleza de piedra y madera oscura de la familia se erigía entre los árboles, iluminada por cientos de luces cálidas que brillaban con intensidad en medio de la penumbra invernal.Los portones de roble de la entrada principal se abrieron de par en par antes de que pusiéramos un pie en la escalinata. Mi suegra, Lenora, apareció en el umbral luci
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