Erick cruzó el corredor a grandes zancadas, acortando la distancia que los separaba. Sus relucientes zapatos de cuero golpeaban el suelo de cemento con un eco constante. La sonrisa en su rostro permanecía intacta, irradiando un aura de seguridad que, lejos de calmar a Lupe, volvía la atmósfera cada vez más intimidante para ella.—¿Cómo estás, Lupe? Ha transcurrido una eternidad desde la última vez que nos saludamos —pronunció Erick con una expresión deliberadamente afable, de forma equiparable a si entre ellos jamás hubiese ocurrido absoluto detalle.Erick se detuvo de forma exacta a dos pasos de Lupe. Deslizó ambas manos en el interior de los bolsillos de sus pantalones, sa
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