Los meses siguieron transcurriendo y, poco a poco, la vida volvió a regalarles aquello que durante tanto tiempo habían anhelado: tranquilidad. La pequeña Gala crecía rodeada del amor de toda la familia. Su sonrisa iluminaba cada rincón de la mansión Villarreal, mientras Thiago se convertía en el hermano mayor más cariñoso y protector. Cada mañana corría hasta la habitación de la bebé para darle los buenos días. —Despierta, hermanita. Hoy voy a enseñarte muchas cosas cuando seas grande. Todos reían al escuchar sus ocurrencias. Alejandro observaba la escena con una inmensa felicidad. Aún le costaba creer que, después de tantos momentos de dolor, pudiera despertar cada día viendo a su esposa sonreír y a sus hijos crecer sanos y felices. Una tarde, mientras el sol comenzaba a ocultarse, reunió a toda la familia en el jardín de la mansión. Había preparado una pequeña sorpresa. En el centro del jardín se encontraba un hermoso árbol. Miranda lo observó con curiosidad.
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