Noah permanecía anclado a mi costado derecho, con una solidez física que contrastaba con la agitación del ambiente. Su mano libre envolvía mis dedos con una presión sorda, casi protectora, mientras con la otra sostenía un vaso corto donde el hielo ya empezaba a derretirse bajo la luz mortecina de los faroles. Al frente, la inmensa silueta de Manhattan recortaba el cielo oscuro con sus picos de hormigón y cristal, parpadeando de forma caótica. —Te conozco esa mirada, De la Vega —dijo Noah, rompiendo la inercia del silencio. Se inclinó lo justo para esquivar el ruido de la música, rozando el borde de mi oreja con un tono de voz áspero, desprovisto del filtro frío que solía usar ante las cámaras—. Estás haciendo inventario de bajas otra vez. —Solo calculaba el desfase temporal —admití, esbozando una sonrisa torcida que no llegó a transformarse en risa completa mientras giraba el cuerpo para sostenerle la mirada—. Hace veinticuatro meses exactos estábamos encerrados en la maldita gala
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