MARISSA El bosque solía ser mi santuario, mi refugio. Cuando todo lo demás se volvía demasiado —ser la compañera del Beta resultaba abrumador, cuando la sobreprotección de Logan me asfixiaba, cuando la política y las amenazas me confundían los pensamientos—, venía aquí. Fuera de las tierras de la manada, bajo árboles imponentes cuyos gruesos troncos guardaban secretos de siglos, podía volver a respirar. Sin embargo, esta noche estaba inusualmente quieta; no había viento, ni insectos, ni siquiera el trino rítmico y periódico de los grillos. Era el tipo de silencio que no calmaba, sino que te oprimía, pesado y denso como la niebla, amplificando cada crujido de una ramita o susurro de hojas. El aroma terroso a musgo y corteza llenaba mis pulmones, anclándome, pero esta noche… no funcionaba. Algo se sentía mal, no exactamente equivocado de forma obvia, solo… mal. Una inquietud silenciosa empezó a crecer en mi pecho y Lyra, mi loba, se agitó inquieta en el fondo de mi mente. *No estamos
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