El primer invierno en Positano fue más amable de lo que Elara esperaba. El mar se volvió gris pizarra, los turistas desaparecieron y el pueblo se replegó sobre sí mismo como un gato acurrucado contra el frío. Le dio espacio para crecer: tanto a la pequeña vida dentro de ella como a la frágil nueva versión de sí misma que intentaba convertirse.Para diciembre, su vientre había comenzado a redondearse bajo los suéteres holgados. Ya no lo ocultaba. Las ancianas del mercado lo notaron primero. Chasqueaban la lengua con aprobación, le metían higos y almendras extra en las manos y la llamaban “mamma” con un cariño posesivo.Una de ellas, la signora Rosa, una costurera con dedos nudosos como ramas de olivo, invitó a Elara a su taller estrecho detrás de la iglesia.“¿Coses?” preguntó Rosa, mirando el cuaderno de bocetos que Elara siempre llevaba.“Un poco,” dijo Elara. “Solía diseñar… antes.”Rosa resopló. “El antes está muerto. Enséñame ahora.”Elara dudó, luego abrió el cuaderno en las pági
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