Afuera, el mundo parecía deshacerse lentamente.La tormenta en Ushuaia había alcanzado ese punto de furia donde el viento deja de ser simplemente un sonido y pasa a convertirse en una vibración profunda que se siente en los huesos.La nieve golpeaba los ventanales con violencia constante, pero el vidrio triple mantenía el caos a una distancia segura, casi irreal, como si la tormenta perteneciera a otro mundo.Adentro, en cambio, reinaba un silencio absoluto.Solo el siseo suave de las llamas de lenga en la chimenea rompía la quietud de la suite, proyectando destellos cálidos sobre las paredes de madera oscura.Mike estaba de pie junto a la barra de nogal, sirviendo dos copas de un malbec espeso, casi negro.No llevaba puesto el reloj.Para un hombre como él, desprenderse del tiempo era el acto de desnudez más grande que podía permitirse.Tenía una camisa blanca
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