Ocho años más tardeNew YorkAlexanderEl tiempo terminó convirtiéndose en aliado. También fue error, desatino, aprendizaje y, al final, sanación. Cada uno siguió su propio camino, incluso cuando mi madre se negó a aceptarlo, como aquel día en mi oficina en que Nicholas se marchó decidido a buscar su felicidad.A ella le costó soltar las riendas. Mucho. Tanto que, sin exagerar, cada dos o tres días aparecía en la empresa con la excusa de “saludarme”. Fue una etapa extraña, intensa, que sobreviví como pude. A eso se sumaba el intento desesperado de encontrar equilibrio entre reuniones interminables, controles prenatales y la obsesión casi enfermiza de decorar las habitaciones de mis hijos.Una tarde llegué a la empresa con la respiración agitada, la corbata floja y el celular aún en la mano. Apenas crucé los pasillos, me topé con ella. Victoria. De pie, impecable, con esa mirada que no necesitaba palabras.—Llegas tarde —sentenció—. Claire ya te está esperando para la consulta.Me detuv
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