Analu
Al día siguiente, cuando me desperté, además de la resaca tenía la visión de un Santiago sentado al borde de la cama, ansioso, mirándome.
— Hola… — digo tímida.
— ¡Hola, mi amor! — dice más suave.
Entonces me tranquilizo; señal de que no está enfadado porque haya bebido de más.
— ¿Llevas mucho rato ahí?
— No mucho. Estaba esperando a que despertaras.
— ¿Ha pasado algo? — pregunto acomodándome en la cama.
— No, pero necesito decirte algunas cosas.
Empiezo a sentir un frío en la barriga.
—