Prajna se quedó callada, pero sus ojos que miraban a Jay eran tan afilados como una espada que pudiera atravesar una placa de acero. Era como si pudiera ver a través de las mentiras de Jay.
El Señor Ares tampoco se sentía culpable. Su apuesto rostro revelaba un rastro de él subestimando tranquilamente al enemigo.
“Señor Ares, mi Maestro Inmortal es un gran adivino. Será mejor que no lo engañes, ya que tiene mal carácter. Si tratas de engañarlo, te disciplinará. Siempre has sido indiferente, Se