La inspectora soltó una carcajada seca que resonó en la sala de interrogatorios y se cruzó de brazos, mirándolo con desprecio.
—Ay, por favor, Martín… Qué clásico —respondió con desprecio—. El cobarde que no puede mantener los pantalones cerrados y, cuando la m****a le llega al cuello, culpa a los d