El frío en el aire de la noche no me molestaba. Ni la mitad de lo que me helaba la sangre en las venas.
Reuben seguía gritando mi nombre detrás de mí, pero cada paso que daba alejándome del arcade era como un clavo sellando su ataúd. No miré atrás, ni una sola vez. Ni siquiera cuando escuché sus pasos apresurados persiguiéndome, desesperados y patéticos.
Entré en mi auto, cerré la puerta con tanta fuerza que mi cadena de diamantes en la cintura tintineó bajo mi crop top, e inhalé profundamente.