La muchacha solo se mantenía callada, intentando controlar la avalancha de malas emociones y sentimientos que la asaltaban.
—¿Crees que vas a intimidarme con eso, perro? —escupió Damian—. ¡Tengo a los mejores abogados! ¡Mi familia tiene dinero! ¡Y ya he estado preso antes! ¡nadie me va a tocar, así