—¡No es mi hijo! —escupió él.
—Perfecto. —Nina sonrió—. Mírame bien a los ojos, Jacob Lieberman… Mírame bien a los ojos y procura recordar este momento, y procura recordar mis palabras el día que por fin se descubra la verdad: Sin importar la sangre que lleve, nunca… ¡nunca será tu hijo! ¡Guardia!