—Quiero que muestres.
—Estás adolorida, nena. —Su mano se dirigió lentamente a mi coño y me acarició suavemente.
—Pero aún te deseo.
Como si la palabra hubiera activado algo dentro de él, me levantó de la cama y me echó al hombro.
Me reí por reflejo.
Entramos al baño y una tina de agua ya nos esperaba.
Se quitó toda la ropa, quedando desnudo frente a mí por primera vez. Entró en la bañera, se sentó con la espalda apoyada en la piedra y me hizo un gesto.
—¡Ven aquí! —ordenó.
Como una marioneta,