Como si hubiera escuchado mis pensamientos, Alejandro levantó instintivo la mirada hacia la habitación vacía donde yo solía vivir. Tan limpia como si nadie la hubiera habitado jamás. Claro, yo nunca tuve nada de lo que Yulia tenía.
— Lucía, ¿sigues aún aquí? —preguntó con cierta precaución—. Siento que aún estás presente.
Alejandro se sentó en la habitación, abatido. La sirvienta Ana en ese momento se acercó suspirando.
— Alejandro, cuida tu salud —le dijo—. A Lucía le preocupabas mucho. Cuando