Esa tarde, el timbre de la casa sonó dos veces.
Sentada en el sofá de la sala, reaccioné por reflejo viendo a mi madre apresurarse a abrir la puerta. A través de la rendija de la cortina, mis ojos captaron tres figuras familiares de pie en la terraza: Riani, Nina y Arinda. Las tres vestían ropa arreglada y cargaban sus respectivos estuches de violín.
El corazón se me aceleró de golpe. Una ola de pánico y vergüenza me invadió el pecho.
Llevaba un mes entero desaparecida de la universidad, habien