En el instante en que fui arrastrado hacia la puerta, fui presionado contra ella con un fuerte golpe mientras se cerraba rápidamente, y mi nariz estaba llena de ese peculiar y fresco aroma.
Con asombro, levanté la mirada y vi ese rostro perfecto acercándose a mí. —¿Déjame ver, estás herida?
—¿Qué estás haciendo? ¡Estás poniéndome en una situación embarazosa! —me sentí un poco molesto.
—¿Dónde está la herida? —preguntó de manera autoritaria, sin importarle lo que yo acababa de decir.
Sin más reme